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A mano alzada
21 de julio de 2017
(14ymedio) Mantener la primera pieza del entramado electoral cubano tal y como está ahora, solo es una forma de perpetuar el miedo que lastra el accionar cívico de una buena parte de la población.
Por Reinaldo Escobar
@rescobarcasas

(14ymedio) En las últimas semanas los medios oficiales no han escatimado espacio para explicar los detalles del sistema electoral cubano, al que catalogan como “el más democrático del mundo”. Sin embargo, las infografías, datos y explicaciones publicadas hasta el momento obvian detalles que mantienen “bien atado” al mecanismo para evitar sorpresas.

Entre el 4 y el 30 de septiembre próximos serán nominados los candidatos a delegados del Poder Popular. El proceso ocurrirá en las diferentes áreas en que se subdividen las 12.515 Circunscripciones distribuidas en los 168 municipios del país. En esta ocasión, constituye el primer paso para la salida del poder de Raúl Castro en febrero de 2018. 

La convocatoria para que los ciudadanos participen en estas asambleas corre, tradicionalmente, a cargo de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), una organización con un claro origen político y una fuerte filiación ideológica. Desde avisos en los murales, pasando por recordatorios personales hasta llegar a citaciones por escrito, forman parte de las estrategias para llamar a votar. 

En los días previos a las reuniones, los militantes del Partido Comunista de Cuba (PCC) que viven en cada zona se reúnen para consensuar posiciones en dependencia de las orientaciones que bajen de los niveles superiores. En esos encuentros se les advierte cómo deben actuar en caso de que algún desafecto a la Revolución sea propuesto y cuál es el candidato que goza de la simpatía del PCC.

Solo los electores de la circunscripción tienen derecho a proponer y ser propuestos en las asambleas de cada área. Para hacerlo tienen que solicitar la palabra, intervenir en el orden que les fue concedida y explicar brevemente la razón de su propuesta. El nominado debe mostrar su conformidad con ser postulado y solo así será sometido a votación. 

Todo elector puede expresar su criterio a favor o en contra del candidato y la votación se hace de manera directa y pública, en el mismo orden en que fue formulada cada candidatura. Cada asistente solo tiene derecho a votar por un nominado y en caso de empate se inicia una nueva postulación. 

Cuando la Ley Electoral en su artículo 83 remarca que la votación es “pública”, minimiza una de las claves más importantes del sistema electoral de la Isla y que lo hacen más controlable desde el poder. En esa etapa inicial de nominación, los electores deben expresar su preferencia a mano alzada o lo que es igual a rostro descubierto. En un país lleno de máscaras y miedos, pocos se atreven a mostrar ante los vecinos sus preferencias por un ciudadano crítico. 

Cuando en una de estas asambleas un elector propone a un candidato con reputación de ser políticamente incómodo, sabe que de inmediato los militantes del barrio solicitarán la palabra para desacreditar al nominado. El mecanismo de “cauterización” de una nominación no acorde con los gustos del oficialismo se activará de inmediato. 

“Este hombre es un asalariado del imperio”, advertirá en voz alta en medio de la reunión un miembro del PCC y detrás vendrá otro mostrando sus dudas porque alguien “que se sienta cubano vote a favor de este mercenario…”. La performance pocas veces tiene que llevarse a cabo, porque el instinto de conservación disuade a la mayoría de los electores de sugerir para delegado a un disidente. 

Resultan tan difícil encontrar a quien desde posiciones discrepantes aspire a ser Delegado, como hallar a otro que se atreva a proponerlo en una asamblea. ¿Cuántos levantarán la mano a favor del disconforme después de que los militantes dejen claro que no les agrada la nominación? Casi nadie. Con esa simple treta se habrá hecho la primera y más importante purga del sistema electoral.

Para asegurar el mínimo de secreto que requiere el voto, bastaría repartir entre los participantes un simple papel, acuñado por una de sus caras, para que al dorso los electores escriban o marquen el número de orden en que fue propuesto el candidato de su preferencia. Pero eso agregaría una privacidad que el oficialismo quiere evitar a toda costa. 

Esta variante tendría el valor agregado de eliminar la posibilidad de que alguien, en medio de la confusión del conteo de manos levantadas, viole -consciente o inconscientemente- el requisito de que solo se permite votar por uno de los propuestos. En fin, allanaría el proceso y lo haría más democrático y efectivo. 

No en balde, la eliminación del método de la votación a mano alzada en la nominación de candidatos fue una de las propuestas más reiteradas por quienes creyeron que el actual proceso eleccionario estaría regido por una nueva legislación prometida por Raúl Castro en febrero de 2015. 

Cambiar lo que parece un detalle de poca importancia, una pedantería metodológica, abriría un espacio a la pluralidad de participación ciudadana; permitiría opinar sin miedo sobre un tema crucial: la presencia de pensamientos diferentes en la base. 

Mantener la primera pieza del entramado electoral cubano tal y como está ahora, solo es una forma de perpetuar el miedo que lastra el accionar cívico de una buena parte de la población. Son precisamente los proveedores de ese miedo quienes prefieren dejar las cosas como están.

Fuente: 14ymedio (La Habana, Cuba)

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