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Cumbre de las Americas: La inmadurez latinoamericana
20 de abril de 2009
¿Cómo es posible que países de la talla y las aspiraciones de México, Brasil o Chile desperdicien su capital político en Cuba, una dictadura totalitaria que vive en la pobreza extrema y que de hecho se dedicó en el pasado a atacar la democracia por todo el continente?
Por Pablo Brum

Si hay algo que une a los diversos países de América Latina, es sin duda la soberbia. Ese es un factor clave para entender los bochornosos acontecimientos de la reciente Cumbre de las Americas en Puerto España. Realmente provoca vergüenza en América Latina, y probablemente lástima en otros lugares del mundo, el observar la conducta de sus jefes de estado –todos electos más o menos libremente- en una reunión multilateral de primer nivel. Esta importancia se vio reforzada por la presencia del carismático Barack Obama, flamante presidente de los Estados Unidos.

Sin duda que existen muchos temas para tratar en una agenda común a tantos países. A simple vista, podrían incluirse entre otros:

Sin embargo, ninguno de estos temas fue discutido por los presentes. ¿Cuál fue en cambio el principal tema de la agenda de la Nueva Era de relaciones Norte-Sur en América Latina? La respuesta es Cuba . En efecto, los presidentes de todos los países latinoamericanos, desde México hasta Argentina, pasando por Colombia, Brasil y Chile, apenas hicieron más que reclamarle a Barack Obama por la inclusión del régimen cubano en las reuniones y la suspensión de toda medida punitiva hacia ese país, incluyendo no sólo las multilaterales (como su exclusión de la OEA), sino incluso las que refieren a asuntos internos estadounidenses (como temas migratorios y comerciales).

Es difícil comprender el nivel de arrogancia, inmadurez y falta de tacto que se requiere para realizar semejante planteo, mucho menos en modalidad “turba” y menos aún en la gran oportunidad para demostrar la seriedad de la región ante un nuevo y prometedor presidente. América Latina realizó en esta Cumbre una clarísima demostración de que los países no se guían exclusivamente por sus intereses, ya que en Puerto España dedicaron todos sus esfuerzos a hacerle mandados a un tercer país, sin ningún beneficio directo o indirecto para sus propias sociedades.

Naturalmente que en la propia América Latina son pocos los que notan semejante aberración, que resulta evidente para cualquier observador externo. ¿Cómo es posible que países de la talla y las aspiraciones de México, Brasil o Chile desperdicien su capital político en Cuba, una dictadura totalitaria que vive en la pobreza extrema y que de hecho se dedicó en el pasado a atacar la democracia por todo el continente?

Una de las explicaciones más claras está en las simpatías ideológicas personales de casi todos los presentes con el régimen de La Habana. No es casualidad que la gran mayoría de los mal llamados líderes “progresistas” tengan pasados personales muy vinculados al comunismo promocionado por La Habana. Las personalidades y convicciones de los líderes políticos suelen ignorarse como un factor de peso en la política internacional, pero aquí están una vez más.

Sin embargo, esta no puede ser la única explicación del fenómeno. Después de todo, ni Felipe Calderón ni Álvaro Uribe fueron militantes comunistas, y de hecho provienen de partidos fuertemente conservadores. Es necesaria una respuesta adicional, que quizá resida en lo que se suele llamar solidaridad regional.

Este concepto, propio de la Guerra Fría, sostiene que los países deben estar sometidos a alianzas permanentes centradas en factores geográficos y culturales comunes. Bajo esa consigna, “América Latina” es un bloque, “el mundo árabe” es otro, los “No Alineados” son otros, el “Sur global” es uno más, y así sucesivamente. Estas agrupaciones, que han sabido tener sus usos sólo en contadas ocasiones, se mantienen vivas hoy. Se las puede observar, por ejemplo, en las Naciones Unidas, donde regiones enteras votan en bloque y provocan desastres como la reunión del pasado lunes 20 de abril en Ginebra, en la cual los votos automáticos de una mayoría de países “no alineados” generaron declaraciones grotescas sobre los derechos humanos.

Esta solidaridad cultural-regional es quizá la razón por la que los líderes latinoamericanos se pelean por cargar la mochila de Cuba. Parece que ninguno de ellos se percató ni de la necedad ni de la soberbia inherente a este hecho. ¿Cómo pretenden decirle –incluso exigirle - a Estados Unidos, ejercer sus relaciones respecto a Cuba, cuando ellos mismos son los primeros en poner el grito en el cielo si Estados Unidos comete cualquier “injerencia” en sus asuntos internos? ¿No se percatan de la hipocresía de su planteo?

En conclusión: el “tema Cuba” es un asunto viejo e irrelevante. Aún si las políticas estadounidenses están equivocadas, el planteo hecho por los presidentes latinoamericanos fue infantil, previsible y estuvo fuera de lugar. Le demostró una vez más a Estados Unidos –y a Barack Obama, quien probablemente se aburrió mucho-, que América Latina no está lista para unirse a un sistema político internacional serio y maduro. Hasta que los países de la región comprendan cómo gestionar una agenda, hacer valer el tiempo invertido en diplomacia, adoptar posturas realistas y abandonar su complejo tercermundista-revanchista, no serán tomados en serio por Estados Unidos – y con razón.

Pablo Brum es Investigador Asociado del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL).

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