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Irán: cuando revolución no es igual a liberación
23 de junio de 2009
Si se deja de lado la matriz islámica (y el relativo margen de pluralismo que significan elecciones para candidatos aceptados por el alto clero), no hay diferencias mayores entre Irán y la revolución bolchevique rusa y su progenie china, cubana, vietnamita, camboyana. La opresión está, ya no anunciada, sino realizada plenamente, en el mismo diseño político de acceso al poder.
Por Pablo Díaz de Brito
@pablodb1

Debe ser la madrugada en Teherán y la matanza ya lleva horas. CNN habla de 150 muertos, 19 confirmados en un solo hospital. La revolución islámica cumple 30 años este 2009. Una revolución inexplicable sin el intervencionismo estadounidense y británico, que repusieron al Shah en el trono. Cuando yo era joven recuerdo que en EEUU prácticamente el único que denunciaba esto era el incurable líberal de Ted Kennedy. Como sea, en este mismo momento los chicos de la rebelión verde están muriendo o siendo molidos a golpes en las cárceles del régimen. Vayan una plegaria laica y un momento de silencio y de conmovido respeto para todos ellos.

Pero el punto que aquí interesa es cómo una revolución, que se presenta como liberadora, se transforma, en el mismo proceso que la lleva al éxito, en represiva y liberticida. La revolución de Khomeini era represiva per se, y así lo prueba el diseño constitucional iraní que impone un guía supremo religioso vitalicio, un consejo de guardianes y otras varias instituciones, todas formadas por clérigos designados entre ellos, con poder de veto sobre leyes, candidatos y hasta nominaciones en la televisión estatal.

Si se deja de lado la matriz islámica (y el relativo margen de pluralismo que significan elecciones para candidatos aceptados por el alto clero), no hay diferencias mayores con la revolución bolchevique rusa y su progenie china, cubana, vietnamita, camboyana. La opresión está, ya no anunciada, sino realizada plenamente, en el mismo diseño político de acceso al poder.

Nada, ni el Gulag soviético, ni la represión de estas horas en las calles de Teherán, es casual, efecto no deseado, como se empeñaron durante décadas en creer los trotzkistas sobre el proceso soviético. En cuanto al factor islámico, está claro que la revolución iraní está empapada del islam shiíta. Es producto de un clérigo fanático, Khomeini. El islam shiíta tiene tal vez más aún que el sunita elementos proclives a conjugarse bien con un poder represivo y paranoico. El presidente Ahmadineyad es un creyente ciego del relato escatológico y apocalíptico que caracteriza a esta rama del islam. Tanto él como antes Khomeini han dado a entender que consideran muy seriamente la llegada más o menos inminente del Mahdi, y que nada importa, mucho menos unas vidas humanas, con tal de propiciarla.

El islam en sí, por lo demás, es claramente represivo, desde el momento que subsume la esfera civil bajo la religiosa. El discurso oprobioso de Jatami, amenazando con un baño de sangre que ahora se concreta, fue el cierre de las plegarias de los viernes. En Occidente resultaría inconcebible que un presidente, demócrata o dictador, fuera una suerte de papa y que diera sus discursos políticos desde un púlpito de iglesia. Poder clerical y poder político y militar están totalmente fusionados en Irán, y los segundos claramente dependen del primero. Por eso se habla con razón de teocracia. Por lo mismo, hablar de "democracia islámica" resulta aventurado, sino abiertamente contradictorio.

Sencillamente, el islam no ha hecho el largo y difícil proceso de secularización que hizo el cristianismo. Que lo hizo contra su voluntad, obligado y finalmente sometido por la dinámica imparable de la modernización occidental. La secularización no ha ocurrido nunca a fondo en las sociedades islámicas. En Irán fue cosa de las clases altas y medias de Teherán. La modernización de costumbres y la liberación parcial de la mujer fueron novedades introducidas por el Shah. Por eso tiene todavía tanto éxito el discurso xenófobo y antioccidental de Ahmadineyad y Jamenei, que presentan los reclamos de libertades individuales como provenientes de conspiradores quintacolumnistas de Occidente. Hamas y Hezbolá hacen lo mismo, e invocan la pureza de la mujer islámica, cuando alguien les señala la brutal desigualdad de género en sus sociedades.

Islam y democracia, entendida como la realización plena de los derechos, conjugan muy mal.

 

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