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Tex Harris y la inscripción en la pared
14 de mayo de 2012
Siempre tuve la sensación que las palabras “Yanquis llévenme a casa” me quedaron grabadas en la memoria por la sorpresa que me llevé al verlas escritas en una pared dentro de una cárcel.
Por Robert Cox

En los años 70, durante la ola de protestas anti-norteamericanas que azotaron América Latina, el grafiti "Fuera Yanquis" se veía con frecuencia. En el camino al aeropuerto de Ezeiza dichas palabras se encontraban pintadas en un puente que se extendía sobre la autopista. Es más: alguien había agregado a la frase "Fuera Yanquis" las palabras "Por PanAm", nombre de la antigua aerolínea Pan American Airways que solía dominar el mercado.

En 1979 me crucé con una variación de la frase desdeñosa y anti-EEUU en las duchas comunes del pabellón de la cárcel de la sede central de la policía federal argentina. En la pared estaban escritas en letra prolija y discreta las palabras "Yanqui sácame de aquí".

Recordé ese grito de protesta cuando empecé a investigar algunos datos para escribir esta columna acerca de un hombre: el diplomático retirado F. Allen Tex Harris, ícono y leyenda en la lucha por los derechos humanos. Me encontré con un video de tres minutos de duración en YouTube: http://www.youtubecom/watch?v=IWQ86X3PwVU

En el video, el periodista Jacobo Timerman, que se salvó de la tortura y probablemente de una muerte cierta, expresa su gratitud a los Estados Unidos por haber presionado a los militares para que lo liberaran.

En el video, Timerman hace la siguiente declaración: "Esta es la primera vez que no se acusa a los Estados Unidos de ser la principal fuente de apoyo de la dictadura militar. Esta es la primera vez que se identifica a los Estados Unidos con nuestras esperanzas." Luego, Timerman hace referencia a una inscripción que vio en la pared de una de las cárceles en las que estuvo. Relata una versión diferente del mensaje que vi. Recordó haber leído lo siguiente: Habían cambiado la frase "Yanquis váyanse a casa" tachando la palabra "Váyanse" y reemplazándola con la frase "Yanquis llévenme a casa". Luego de esto, dijo que al acordarse de las palabras escritas en la pared de una cárcel, recordó los informes que había escuchado sobre Tex Harris, cuyo trabajo en Argentina cuando era un joven oficial de asuntos políticos salvó vidas y estableció los derechos humanos como una preocupación que trasciende la soberanía nacional.

No puedo dar fe de mi versión del mensaje. Sin embargo, siempre tuve la sensación que las palabras "Yanquis llévenme a casa" me quedaron grabadas en la memoria por la sorpresa que me llevé al verlas escritas en una pared dentro de una cárcel.

Timerman y yo estuvimos en la misma cárcel, aunque en momentos diferentes. A dicha cárcel se la conocía como el "Hotel Sheraton" porque alojaba presos "VIP". Timerman había sido enviado allí luego de ser rescatado de una de las cárceles clandestinas del conocido asesino en masa y entusiasta torturador General Ramón Camps por la así llamada ala "moderada" de la dictadura. Jorge Rafael Videla, la pusilánime figura decorativa de la dictadura, quería estar dentro de lo posible en buenas relaciones con los estadounidenses.

Yo me encontraba allí porque los militares me querían fuera de su sistema de cárceles antes de que viera las desastrosas condiciones y tratamiento que se infligían en ellas. Claro que la experiencia de la gran mayoría de aquellos secuestrados como "desaparecidos" era muchísimo peor, en cientos de cárceles secretas y cámaras de tortura a través del país. Esto realmente no tenía comparación, aunque la tortura era parte de la rutina y la gente era condenada a muerte sin juicio justo, aun cuando se trataba de arrestos "legales". En la cárcel de enfrente, la primera a la que me llevaron, había oído gritos de personas que estaban siendo torturadas, había leído inscripciones desgarradoras y sin una gota de humor en las paredes de celdas oscuras que parecían tumbas. Había visto la enorme esvástica que proclamando "Nazi-Nacionalismo" daba la bienvenida a todos los presos a su llegada al pabellón de la cárcel de seguridad del superintendente.

Los huéspedes de la cárcel "Hotel Sheraton" eran gente bastante particular. Era allí que el General Albano Harguindeguy mantenía encerrados a hombres ricos que acusaba de haber cometido "delitos económicos", hasta que cedieran a un acuerdo financiero que los dejaría mucho más pobres. También alojaba bichos raros como a mí, o individuos polémicos como Timerman. Más allá de no estar a la altura de los verdaderos hoteles Sheraton, las condiciones de esta cárcel eran sorprendentemente buenas. Un sistema de sobornos aseguraba que los parientes y amigos de los presos se encargaran de proporcionar las comidas. Durante mi corta estadía, un español que no era uno de los presos políticos, hizo una espléndida tortilla de papas y disfrutamos de unos trozos de ella con unos gin tonic. Aquellos hombres arrestados y encarcelados por su homosexualidad se encargaban de limpiar las celdas, y los guardias los llamaban "mucamas". A los hombres y mujeres homosexuales no se los conocía como "gay" al final de los años 70 en Argentina. Era imposible que fueran "gay" en el sentido antiguo o nuevo de la palabra. Se los perseguía.

He incluido esta descripción del mundo penal especializado de los militares porque podría ayudar a que los lectores comprendan la extraña locura que, aparte de la brutalidad y lógica asesina de los militares, caracterizó El Proceso, nombre que se daba al Proceso de Re-organización Nacional. Creo que finalmente he llegado a una conclusión acerca de la naturaleza de la dictadura de 1976-83: el miedo al comunismo ateo enloqueció a los líderes de las fuerzas armadas, al igual que la falsa ilusión de que un gobierno militar sería la solución de los problemas económicos de Argentina. Por un determinado tiempo, el ala dura de los jefes militares creyeron que Argentina era un poder militar capaz de invadir Chile y de establecer una hegemonía sobre sus vecinos hacia el norte por medio de su fuerza militar.

En mi búsqueda de más información sobre Tex Harris, me encontré con la primera parte del video que cuenta su vida: http://www.youtubecom/watch?v=H3BC5phpyqw

Bill Moyers, que desde hace ya más de medio siglo ha actuado como la conciencia de la televisión estadounidense, dio lugar a Tex Harris en su programa de la cadena CBS en 1984. La transmisión del programa le salvó la carrera a Harris. Mientras que sus honestos informes sobre los desaparecidos habían provocado enojo entre sus compañeros y superiores, no sólo se borraron las manchas en su récord cuando la verdad acerca de su coraje se dio ampliamente a conocer, sino que también logró ascender rápidamente a los rangos superiores del Servicio exterior, desempeñándose como cónsul general en Sudáfrica y Australia. Pero sus cinco años en la lista negra por promover con sagacidad e integridad la política de derechos humanos de Jimmy Carter le impidieron el merecido puesto de embajador.

En una columna que escribí para el New York Times publicada el 3 de noviembre de 1983, describí a Harris como un "Pimpinela Americano", un "oficial de derechos humanos increíblemente valiente y trabajador de la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires cuya oficina era un refugio para los familiares de desaparecidos, y cuya secretaria era un ángel guardián". Sugerí que sería una buena idea que el presidente Reagan demostrara su apoyo a la Argentina en su retorno a la democracia mediante la elección de Raúl Alfonsín como Presidente, enviando a Tex Harris de regreso a Buenos Aires como embajador.

Tex y su mujer Jeanie sólo han podido regresar a la Argentina dos veces en los últimos 33 años. Sin embargo, como dice la canción, su alma está con ella. Yo los veo como plenipotenciarios de las relaciones entre Argentina y Estados Unidos, como auténticos argentinófilos cuya trayectoria fue premiada con una cálida bienvenida durante su reciente visita al país. Nunca se los olvidará.

Robert Cox es periodista y ex editor del Buenos Aires Herald.

Puede escribirle a bobc59@gmail.com. Con gusto recibirá sus mensajes.

Este artículo fue originalmente publicado en el Buenos Aires Herald

Traducción de Lucila Silvester y Camden Luxford.

 

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