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Hambre, fuego y caos: lo que queda de Yemen
16 de febrero de 2018
Caos, desnutrición, desapariciones y muertes describen la normalidad en la vida cotidiana de la sociedad yemení. Un pueblo en donde lo extraño es no haber sufrido ninguna tragedia.
Lucía Rizzi
 

La situación crítica que vive Yemen solo puede ser entendida a la luz de los sucesos ocurridos desde el estallido de la guerra civil en el año 2015. La enemistad entre los grupos opositores se remonta al 2004, año en que los hutíes, un movimiento chiita de los zayidíes, dieron inicio a una rebelión en contra del gobierno yemení. Las tensiones siguieron creciendo hasta el 2011, año que se produjo el levantamiento inspirado por las ideas propias de la Primavera Árabe, donde se aclamaba por más libertad y el fin del abuso de poder. El resultado fue la renuncia del presidente Ali Abdullah Saleh (1990 – 2012), tomando su lugar el vicepresidente Abd Rabbu-Mansour Hadi, quien supo asegurar su poder en las elecciones de ese mismo año.

Como presidente, Hadi se comprometió a convocar elecciones y a elaborar una nueva constitución. Sin embargo, la posibilidad de diálogo entre ambos bandos siguió siendo nula. El exabrupto social volvió a surgir en 2013 cuando se produjeron masivas protestas exigiendo la restitución de los subsidios al combustible. Los rebeldes hutíes aprovecharon los sentimientos de incertidumbre e impotencia de la población y ensancharon sus fronteras ideológicas hacia cada vez más sectores. Tal fue la difusión de las ideas rebeldes, que las fuerzas hutíes lograron tomar la capital de Saná en septiembre de 2015 y obligaron al presidente Hadi a huir hacia Arabia Saudita.

Desde la participación de nuevos actores internacionales, como Irán y Arabia Saudita, el conflicto se complejizó aún más. De hecho, desde la intervención de Arabia Saudita, se registraron diez mil muertes y más de dos millones de personas desplazadas[1]. Ambos países se involucraron con el único objetivo de debilitar a Yemen y reforzar así su influencia en Medio Oriente para posicionarse como la principal potencia de la región.

Las secuelas que generó el impacto armado de la guerra civil son incalculables y marcaron el perfil de la sociedad yemení, en la que el respeto por los derechos humanos es casi nulo.[2] Desde ambos bandos se produjeron crímenes de guerra, especialmente por el uso de armas ilegales (como las municiones de racimo, bombas “cluster” o minas terrestres) que mataron a cientos de civiles. En muchos casos, los ataques indiscriminados perpetrados por los rebeldes y sus aliados fueron dirigidos a barrios residenciales, tiendas y mercados, causando la muerte de cientos de vidas inocentes, muchos de ellos niños. Además, según datos de Human Rights Watch, la coalición realizó al menos 85 ataques aéreos ilegales.

Otros crímenes de guerra cometidos por ambas partes del conflicto tienen que ver con detenciones arbitrarias, torturas y desapariciones forzosas. De acuerdo a Human Rights Watch, desde agosto de 2014 se han documentado docenas de detenciones arbitrarias perpetradas por las autoridades de Saná y se sospecha que once de ellos fueron sometidos a tortura. A su vez, en el sur de Yemen, controlado por el gobierno oficial, más de cincuenta personas fueron detenidas o desaparecidas, incluyendo cuatro niños.[3]

Sumado al contexto de guerra, Yemen es el país más pobre de la Península Arábiga. Según un informe de Amnistía Internacional, hoy casi un 80 por ciento de la población – unos 18,8 millones de los 27,6 millones de habitantes - requieren de asistencia humanitaria. Esto se debe, principalmente, a los bloqueos parciales aéreos y navales impuestos por la coalición liderada por Arabia Saudita para impedir la llegada de suministros a las fuerzas hutíes a través de la limitación del aprovisionamiento de productos esenciales, como alimentos o combustible.[4] La crisis humanitaria causada por la guerra y la hambruna empeora, a su vez, con el brote de cólera que acecha a la población desde principios de 2017.

Al infierno vivido por la guerra se le suman los actos de terrorismo a manos de Al-Qaeda y del Estado Islámico (EI) perpetrados en Yemen y situados al sur de la Península Arábiga. Asimismo, los actos de contraterrorismo han aumentado significativamente. En el 2017 se registraron 105 ataques de drones llevados a cabo por Estados Unidos que terminaron con la vida de al menos catorce civiles.[5]

Quien paga por el precio de la guerra es la sociedad yemení. Padres que duermen sin descansar, niños que van a la escuela y nunca vuelven a sus hogares, madres que salen a hacer las compras diarias con el insoportable temor de dejar huérfanos a sus hambrientos hijos. Desde comienzos de la guerra civil, las personas en Yemen viven su día a día con un solo objetivo en la mente: sobrevivir.



[1] Informe Regional de Medio Oriente y Norte de África, BTI (Bertlesmann Transformation Idex), 2018.

[2] La organización Freedom House lo calificó en el informe “Freedom in the World 2017” como “país No Libre”.

[3] Cfr. En https://www.hrw.org/world-report/2018, consultado el 28 de enero de 2018.

[4] Cfr. En https://www.amnesty.org/es/latest/news/2015/08/the-human-carnage-of-saudi-arabias-war-in-yemen/, consultado el  29 de enero de 2018.

[5] Cfr. En https://www.hrw.org/world-report/2018, consultado el 28 de enero de 2018. 

 
 
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