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Kirchner, a mitad de camino
30 de noviembre de 2005
Pedro Isern Munné
 

La sorpresiva salida del ministro de economía argentino, Roberto Lavagna, se inscribe dentro de la nueva ecuación de poder que se ha articulado después de las elecciones parlamentarias del 23 de octubre pasado. Lavagna había asumido en abril de 2002 en medio de la crisis económico-social mas dramática de la historia contemporánea del país, por ende, su desempeño como ministro debe calificarse como muy positivo: la economía creció desde entonces 30% en forma acumulada, las cuentas públicas mostraron 3 años consecutivos de un holgado superávit primario (hecho inédito en la historia), la pobreza se redujo de 55 a 38% y la indigencia lo hizo de 27 a 15%. A su vez, se rescataron los distintos bonos provinciales que circularon como moneda en el medio de la crisis y, fundamentalmente, se llevo a cabo una dura renegociación de la deuda externa privada.

En este marco, la salida de Lavagna tiene necesariamente una lectura económica y otra política. Por un lado, las variables macroeconómicas se encuentran lo suficientemente sólidas como para enfrentar una posible incertidumbre de corto plazo. Por otro lado, las desavenencias entre el ministro y el presidente Kirchner eran crecientes precisamente por el prestigio político alcanzado por el primero ante el innegable proceso de estabilización que tuvo la economía argentina durante su gestión.

Así, surge una primera conclusión: el presidente Kirchner ha privilegiado una disputa de poder con su ministro por encima de la estabilidad económica. Una lectura posterior de este punto revela un cauce previsible para el corto y mediano plazo: mientras que con esta arriesgada movida Kirchner busca monopolizar los futuros aciertos de su administración, la misma e implacable lógica funcionará para los errores. Es decir, ante la verticalización de las decisiones la opinión publica verá en Kirchner tanto el responsable de los eventuales éxitos como de los fracasos de los próximos dos años. En consecuencia, un gobierno exitoso tendrá en el presidente (o en su esposa Cristina Kirchner) el obvio candidato y seguro próximo presidente. A su vez, un gobierno que de aquí en más muestre mayores errores que aciertos también tendrá a Kirchner como único receptor de las críticas. Esto le abrirá una expectante posición al ahora ex ministro quien, consecuentemente, será percibido por un importante sector de la opinión pública como el principal artífice de la recuperación económica e institucional argentina.

Kirchner, democracia y república

Destacados analistas sostienen que una parte importante de la crónica inestabilidad argentina se debe a la permanencia de un sistema hiper-presidencialista, donde quien lidera el Poder Ejecutivo no tiene incentivos para buscar consensos con otras fuerzas políticas y sectores porque, dado el marco institucional, si así lo hiciera sería percibido como un actor débil. En esta lógica, dicha crónica inestabilidad se explicaría por un inexorable péndulo que oscilará entre un ejercicio de la presidencia que muestre la mencionada debilidad (por ejemplo, Fernando De la Rua) o, por el contrario, un ejercicio que asuma que debe generar gobernabilidad vía el uso y abuso del poder construido (por ejemplo, Carlos Menem). En esta simplificada explicación de un sistema estructuralmente inestable, Kirchner se encontraría en camino al abuso de las prerrogativas presidencialistas.

Sin embargo, el problema de la baja calidad institucional argentina parece estar más relacionado a la mala relación que tiene la democracia con la república que a la vigencia de un sistema presidencialista en lugar de un sistema parlamentario. Es decir, el problema parece ser la mala relación de las mayorías con la imprescindible vigencia de los pesos y contrapesos. Esta función de pesos y contrapesos debe ser ejercido tanto por el parlamento como por los jueces. 

En este marco, podemos ver que Kirchner buscó premeditadamente presidencializar una elección de medio término, es decir, una elección parlamentaria. Al hacerlo, pudo recibir un castigo o un respaldo ciudadano. Al recibir un respaldo, el presidente ha leído el resultado como la posibilidad de concentrar poder en él. A su vez, las urnas le han informado que mientras la economía vaya bien, la opinión pública no se alarmará por el desprecio que muestre por el Poder legislativo, el Poder Judicial, la prensa o los sectores independientes. Dado que crecer 3 años seguidos al 8% hace que la sociedad tolere cosas de otra forma intolerables (la operación Olivera-Carrió, la compra del diputado electo  Borocoto), el único que amenazaba la total hegemonía del presidente era precisamente su popular ministro de economía. Nótese que la salida de Lavagna hubiese sido aun menos traumática en un sistema parlamentario.

Después de las elecciones del 23 de octubre, el parlamento argentino ha quedado aun más debilitado como factor capaz de ejercer un control institucional adecuado a los excesos del Ejecutivo. Ante el sistemático avance presidencial sobre todo sector que exprese algún grado de independencia, es importante destacar el relevante papel que le espera a la Corte Suprema de Justicia, que posee en la actualidad una mayoría de juristas prestigiosos e independientes.

Pedro Isern es Director del Área Economía y Estado de Derecho del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina www.cadal.org